El tiempo del turista

Ruinas de Ayuttahaya

Ruinas de Ayuttahaya

Tiende el tiempo a desesperarnos en esas esperas largas y tediosas que nos separan de nuestras deseadas vacaciones, cuando somos tan solo el efecto de nuestra cotidianeidad, y con la mirada fija en la fecha de nuestro vuelo soñamos con el viaje que nos espera. Se alarga el tiempo, se empalaga, se encanta a sí mismo y se vuelve prolijo pareciendo que no termina nunca. Todo un efecto de lo más conocido, ciertamente, sobre todo por quienes viven para viajar y para descubrir nuevas experiencias, ¿te sientes reconocido? Se nos juega la ilusión de un tiempo cotidiano que se vuelve brillante e irresistible en el lapso del VIAJE, una de las palabras más sexys de nuestro idioma. Sin embargo, ¿cómo es, en verdad, el tiempo del turista, el tiempo de eso que hoy, producto de la contemporaneidad, llamamos “viaje”? ¿De qué modo se vive su lapso, y se entiende este en el interior del turista que todos somos alguna vez?

Ciertamente, tiene el tiempo del turista todo un lío de lógicas, de asombros y decepciones, que dialogan entre el tropo inesperado y sus quehaceres más vulgares, tiempos fragmentados que hacen lo que pueden por pertenecer al mundo del destino, del viaje soñado, pero entre cuyas vetas se cuela el tiempo del turismo, el tiempo limitado y cuantificado de la experiencia que resta enteros al “tiempo del sueño”. Tropos que retuercen nuestros recuerdos dotándolos de aquello que más deseamos, la auténtica razón de nuestro deseo de viajar, pero que friccionan, se aceleran, se frenan y se enloquecen en un loco cambio de ritmos entre el pasado y el presente.

Cascada de Kvernufoss

Cascada de Kvernufoss

Sí, pasado y presente, los ingredientes con los que se construye el tiempo del viaje turista. Cuando la mirada se asombra, seguramente ante unas ruinas milenarias e imponentes, una apabullante cascada natural o una asombrosa catedral, se siente el tiempo invadido de un alcance histórico, como si nuestro tiempo respondiera, por un instante, a una lógica antigua, a un tiempo pretérito, del que emerge el sentido y la causa de cuanto se nos pone delante. Es el tiempo del turista una presencia devota a un tiempo pasado, uno del que quiere saber, en el que se quiere embadurnar, y de cuyas huellas quiere volver ensanchado. Los momentos más afectados del viaje tienen que ver con el pasado, con la sensación de un tiempo anterior que habla por las cascadas, las catedrales y las ruinas.

De repente, un tiempo pasado, del todo ajeno a nuestro propio devenir, se hace presente para vivir la ilusión de imaginarlo propio, de imaginarnos en ese tiempo pasado, situados en una espacio y un tiempo en el que no nos reconocemos, y que tan solo se nos ha dado a ver a través de una lógica turista que nos impone un retorno. Es el tiempo en que pensamos “podría, o no podría, vivir aquí”. El turista fantasea, frente a los objetos, la vivencia de un tiempo ajeno, y por tanto un yo distinto, el yo virtual que habría resultado de otro presente en ese tiempo pasado, para el que él no tiene correspondencia. Todo un juego de tiempos en el que el del turista se aminora, se diluye en un no-tiempo que se hace prescindible, al menos en los confines del viaje. A mayor reducción, mejor viaje.

Bagan, en Birmania

Bagan, en Birmania

Vive el turista admirado frente al escenario, diluyendo los límites del tiempo, alucinando un espacio sin tiempo, a fuerza de dilatarlo y desintegrarlo en la sensación del tiempo histórico. Es una ilusión de tiempo en suspenso, de foto histórica, donde lo cronológico, lo que viene primero y lo que sucede después, se convierte apenas en una documentación periférica. Lo que se impone de veras no es el tiempo del “cronos”, sino el tiempo del “aios”, el tiempo del sujeto, la vivencia interna de una ficción de traslación temporal con la que el turista recompone primero y simula después su presencia en la escena, y se cristaliza allí, en la vivencia intensa de un instante único que parece expandirse hasta ser la única forma del tiempo, el tiempo que vino a buscar. Se torna el turista en un ser melancólico, siquiera por un momento, invadido de un tiempo pasado con el que ensaya un camino alternativo de sí, y finge poder responder a la pregunta sobre cuánto de sí mismo perduraría aún en semejante cambio. ¡Toda una pregunta por la esencia del ser!, su relación con el tiempo, y ya hemos llegado a Heidegger.

Espera en el aeropuerto

Espera en el aeropuerto

Los seres occidentales y contemporáneos vivimos cada día, sobre todo nuestros tiempos laborales, en una estructura sincrónica del tiempo: El tiempo como el vector que nos conduce por unos caminos u otros según nuestras conductas, nuestras decisiones, y por tanto, nuestras identidades. Seres que calculamos el próximo paso, la próxima casilla, como resultado de una decisión que tiene que ver con todo lo que podemos ser en un determinado momento. Nos entrenamos para elegir la conducta de cada momento, la que nos conduce más eficazmente a la casilla deseada. En el tiempo del viaje, la lógica se invierte: Del sincronismo… a la reconstrucción del tiempo, pues los acontecimientos nos vienen dados, son ajenos a nosotros, y nuestra ilusión es vivir en su escenario ajeno a sus contingencias. El tiempo del turista no es un tiempo contingente, sino necesario, impuesto, experimental, un entorno imaginario cuyas aristas se imponen para ensayarnos convertidos en otros. Tiempo detenido, acontecimientos fijos, un plano general en el que nos ensayamos en dos dimensiones, aplastados contra una trama sociopolítica que nos es dada como un “a priori” del experimento.

En el fondo, ¡una ilusión!, la de fijar una esencia del ser, al estilo de Parménides, y jugar a echarla a rodar en un escenario ajeno: en la Roma del Imperio Romano, en las playas del Caribe descubriendo un continente, en las calles de la Sevilla medieval rodeados de peste, pero siempre “nosotros mismos”, instalados en la asunción de que seríamos los que somos. Toda una trampa del turista contemporáneo que en su delirio del yo piensa que sería siempre el mismo cualquiera que fuera el escenario. ¿Cabe repensar el tiempo del turista? ¿Se puede pensar el viaje del futuro como una forma distinta de vivir el tiempo? ¿No debería ser el viaje… también una traslación del yo? Ser otros… Ser nosotros tal cómo habríamos sido siendo otros, en otro espacio, en otro tiempo.

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